Difusión

Todas las mañanas, al abrir el correo electrónico, me encuentro con la misma escena: un aluvión de alertas sobre nuevas subvenciones para la I+D+i. Que si fondos regionales, que si los diferentes programas estatales de concurrencia competitiva, que si una nueva ventana de financiación europea… Ante semejante abundancia de incentivos financieros, es comprensible que en cualquier comité de dirección despierte un lógico interés por captar recursos. El dinero está ahí fuera, ¿cómo no vamos a intentar conseguirlo?

Sin embargo, tras bastantes años de aciertos y algún que otro tropiezo en un entorno corporativo tan cambiante y dinámico como el nuestro, he aprendido una lección fundamental: la subvención es un acelerador, jamás el destino. Soy plenamente consciente de que, especialmente para las pymes, la financiación pública es a menudo una condición indispensable; sin ella, muchos proyectos de gran valor sencillamente jamás verían la luz. Pero precisamente porque los recursos en una pyme son escasos y valiosos, el filtro estratégico es aún más crítico. Quien diseña un proyecto únicamente para encajarlo a la fuerza en una convocatoria concreta está comprando un billete hacia la ineficiencia operativa y la pérdida de identidad corporativa.

Para no perderse en este complejo laberinto de ventanillas públicas, el primer paso —y el más sagrado— es definir la estrategia de la compañía a largo plazo. Esto no se hace de espaldas al mercado, sino analizando con rigor las macro-tendencias globales: desde la descarbonización y la transición energética hasta el impacto real de la inteligencia artificial, la escasez de talento o la consolidación de la economía circular.

Una vez comprendido el mapa de ruta global, toca trazar nuestro propio camino y, lo más difícil, establecer un perímetro de actuación innegociable. En nuestra organización lo tenemos claro: el foco innovador debe acotarse estrictamente a un número muy limitado de áreas clave directamente alineadas con el propósito del negocio. Cuando nos llega una propuesta de ayuda muy atractiva pero que cae fuera de este marco estratégico, la descartamos. Es indudable que, en ocasiones, cuesta dejar pasar un tren con financiación muy ventajosa, pero desviarse de las prioridades que se han establecido es el camino más rápido para diluir el talento y el tiempo de tu equipo de I+D.

Con el foco claro, el siguiente paso es diseñar un roadmap u hoja de ruta concreta que traduzca la visión en proyectos tangibles. Por ejemplo, en nuestro caso, nos propusimos desarrollar materiales alternativos que sustituyeran al clínker —el componente del cemento que más huella de carbono genera— mediante la valorización de determinados residuos industriales.

Solo cuando la idea y su viabilidad técnica están bien definidas sobre la pizarra —y nunca antes— es el momento de recurrir al asesoramiento experto. Las consultoras de innovación son aliadas excelentes para mapear en qué ventanilla encaja mejor nuestro proyecto según su nivel de madurez tecnológica (TRL). ¿Es una idea en fase de investigación básica (un TRL bajo)? Apuntemos a un Horizon Europe o un CDTI Misiones. ¿Es una tecnología madura lista para su demostración y salto al mercado? Busquemos programas orientados a la inversión industrial como LIFE, Innovation Fund o CDTI LicA.

Es precisamente en esta etapa de diseño del proyecto donde el concepto de innovación abierta adquiere su verdadera dimensión. Los desafíos actuales de nuestro tejido empresarial son demasiado complejos para abordarlos de forma aislada. Al estructurar una propuesta sólida, se activa un efecto tractor indispensable: se integran otras empresas de nuestro entorno y proveedores tecnológicos (startups), se fomenta la transferencia de conocimiento colaborando estrechamente con universidades y centros tecnológicos, se cuenta con el soporte metodológico de consultoras de confianza y se alinean esfuerzos con las administraciones públicas y plataformas colaborativas. Este rico ecosistema de cooperación no solo mitiga el riesgo tecnológico implícito en la I+D+i, sino que acelera de forma exponencial el aprendizaje interno y consolida ventajas competitivas sostenibles.

¿Se puede llevar este modelo estratégico al plano real con éxito? Rotundamente, sí. Hace unos años iniciamos un proyecto en cooperación bajo la convocatoria Misiones CDTI para investigar el desarrollo de cementos mediante la valorización de subproductos industriales que habitualmente acaban en vertederos. Conseguimos una subvención del 50% para la investigación, a la que sumamos otro 25% mediante la estructuración de deducciones fiscales por I+D.

Los resultados fueron tan prometedores que decidimos dar el salto a escala industrial y construir una planta de tratamiento específica para reincorporar esos residuos valorizados a nuestra cadena de producción. Para levantar esta infraestructura innovadora, logramos encadenar apoyos del Instituto de Transición Justa, del IGAPE, del PERTE de Descarbonización y del programa de la Unión Europea LIFE. Y para profundizar en el rigor científico del proceso, pusimos en marcha un Doctorado Industrial, contratando a un investigador cuyo salario está subvencionado al 100% por la universidad de origen.

Cuando logras conectar de forma coherente las piezas del puzle financiero, la inversión tecnológica se multiplica con un riesgo corporativo muy controlado.

Por eso, suelo insistir en que, si se gestiona con visión y método, la innovación puede llegar a autofinanciarse casi por completo. Pero no nos equivoquemos: no es la subvención la que hace que el proyecto sea viable, sino la claridad de saber exactamente hacia dónde se dirige tu organización. Las ayudas públicas financian el viaje, pero eres tú quien debe decidir el rumbo.

Pilar Hidalgo

Directora de Innovación de Cementos La Cruz

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